PICOTAZOS DE MUERTE
Ángel se incorporó sentándose en la cama de modo fugaz, cautivado por una pesadilla que lo abrazó para impedirle el regreso a la vida consciente, aunque pudo vencerla. Comenzó a frotarse los ojos, pero no lo hizo para despabilarse; quiso comprobar que los mismos estuvieran en su lugar. Su cuerpo estaba húmedo y las piernas le temblaron; sintió latidos galopantes.
-¡Estoy bien!- se dijo; a la vez que comenzó a inspeccionar el resto de su cuerpo, para comprobar que ninguna de las partes se hallara carcomida como lo había soñado.
El miedo y la agitación, le impidieron salir de la cama para llegar hasta la perilla que encendía la luz.
No se oyó ruido alguno -del mundo, de los vivos-, miró hacia los costados y con la luna que atravesó la claraboya visualizó las mantas caídas; apenas se inclinó para recogerlas, quedó petrificado por el crujido espasmódico de la vieja cama, percibiendo el ritmo de los latidos que se aceleraban más aún.
No supo qué hacer. En cada rincón de ese cuarto húmedo y con olor a encierro, vio sombras que lo trasladaron hacia ese sueño atroz, transitando cada uno de los hechos apabullantes. Giró sobre sí y de la mesa de luz, tomó un vaso que contenía agua y ginebra, bebió todo lo que pudo, esforzándose para vencer el temblor de las manos.
No quiso acostarse ni siquiera tapándose hasta la cabeza como si de ese modo pudiera protegerse, para no ser dominado otra vez por esa pesadilla temible.
Quiso tranquilizarse pensando que sólo era un sueño. Respiró en silencio y sintió el rugir de su corazón en todo el cuarto. Buscó enfrentar el hecho, suponiendo que olvidando podría descansar, pero no pudo; entonces, recordó cada uno de los momentos desgarradores, y bien dicho está de ese modo.
Se encontraba en el sótano de una vivienda cercana al mar. Escuchó ruidos de olas. Estaba atado de pies y manos en una cama sin colchón. Además de las olas que golpeaban entre piedras, percibió el aleteo y piar de gallinas que confirmó cuando una de las aves, comenzó a caminar por su cuerpo que lo tenía totalmente desnudo. El animal siniestro masticó sus genitales y parte del estómago.
Otro, introdujo su arma punzante entre la carne y las uñas de sus pies, haciendo huecos inundados en sangre, dejándolo taciturno por el estupor.
Pero no sintió dolor, entendió que por algún motivo que no supo esclarecer, se trataba de un castigo que merecía.
Otro animal se le subió al rostro, dándole picotazos en la nariz; pasó por su boca mordisqueándole el labio inferior -arrebatándoselo- y se dirigió hacia sus ojos; lo miró como un verdugo, moviendo la cabeza de un lado hacia el otro, para elegir el próximo trozo de carne a victimar: primero, pasó su pico en forma suave por los párpados, para alejarse luego, a fin de tomar envión y conducir finalmente el letal impacto justo hacia el centro de la retina.
Vio la atrocidad, desde un tubo –una especie de túnel- fuera de su propio cuerpo, un espacio abstracto que no supo definir, siendo el espectador de la tortura. Sin embargo, la sangre caliente y efervescente, invadió su boca y nariz para asfixiarlo.
Otras funestas aves, se prepararon para atacar, mientras que la primera continuaba con el festín de sus partes íntimas. Todo lo pudo ver, a pesar de la horizontalidad y ataduras en pies y manos. Eran gallinas de riñas, algunas negras y otras rojas que se confundieron entre la espumante la sangre. Sus ojos eran espeluznantes, tanto como los espolones que se le hundieron en cada tramo de carne.
Intuyó el dolor, lo supuso, desde esa abstracción en la que se encontraba siendo espectador; sospechó cada desgarro, aunque no se lamentó.
De repente, tocó sus brazos y piernas en forma circunspecta, para comprobar la vitalidad de cada uno de ellos, pasó su mano por los genitales y nuevamente se tocó los ojos, y comprobó que el labio estuviera en su lugar.
Se dijo insistente y con coraje que era un sueño, mientras se vistió sin tener un motivo; tomó un abrigo y omitiendo encender la luz, dejó la habitación pra dirigirse hacia los sanitarios.
En el lavabo, se vio en el espejo con la hinchazón del rostro luego de dormir. Se refrescó y acomodó el pelo. Al salir, miró las estrellas desde la galería, en un azul oscuro y profundo.
En el resto de la casa, no se oyeron ruidos ni señales de vida desde la calle.
Caminó hasta su habitación, pensando en que no volvería a acostarse, temiendo ser dominado por la cruel pesadilla. Entonces, decidió abandonar la casa. Cerró con llave el cuarto y bajó la escalera de hierro, pisando suave para no despertar a los perros.
Al pasar por la cocina miró el reloj de la pared y vio que eran las tres de la madrugada. Cruzó lentamente el patio.
El amanecer, cautivó a la vieja pensión, con el sol radiante del verano. Frida, comenzó con el ritual de hacer de despertador con cada uno de los inquilinos que requería ese servicio. A decir verdad, no ponía demasiados ímpetus en la tarea, la figura delgada y larga envuelta en vestidos floreados que pertenecieron a otra época, no se detenía para comprobar si se habían levantado -lo afirmaba al contratar los cuartos- “sólo una vez se golpeaba; si no se despertaban, era de lamentar, aunque el sábado por la tarde, la renta semanal debía cancelarse”...
Tomó la planilla colgada de un clavo en la puerta de la cocina; estaban los que debían despertarse a las seis y treinta, los de las siete y los de las siete y treinta.
La mayoría eran empleados de una empresa constructora, que trabajaban a unos veinte kilómetros de la ciudad de Bariloche, y eran recogidos en distintos horarios por en transporte de la compañía. Los últimos en levantarse eran la maestra, que se despertaba a las ocho y treinta porque estaba de vacaciones y dos hombres que vendían pantalones a domicilio.
Terminada la tarea, resumida a un grito en cada puerta, soltaba seis perros que aprovechaban para los ladridos matinales, impidiendo que cualquier huésped pudiera continuar en la cama.
La casa era de dos plantas, frente a cada hilera de habitaciones había dos galerías que daban a un patio con baldosas blancas y negras, entre las que se encontraba una cantidad innumerable de macetas con plantas y flores de una variedad, también descomunal.
La limpieza, requería de la ayuda de una empleada, encargada de mover las macetas, un juego de mesa y sillas de hierro, un aparato para tender ropa, y desplegar un rollo de manguera que servía para lanzar agua en todas las superficies.
Esa mañana, pese a que desde la ventana de la cocina se podía tener una perspectiva completa del edificio, Frida no vio a Ángel.
El día transcurrió con la oscilación cotidiana, que era esencialmente mantener la casa en orden y perfecta limpieza, hasta la puerta de cada habitación -el interior de los cuartos, corría por cuenta de los inquilinos- limpiar la vereda, hacer las compras y preparar la comida para la noche. Cuando los huéspedes regresaban, estaba lista la planilla de los horarios en que se debían despertar al día siguiente.
Desde la cocina, se olió un guiso cuyo vapor empañó los vidrios. Algunos, comían en la pensión y otros, se arreglaban comprando trozos de fiambre para acompañar la cerveza del camino; en la casa se prohibían las bebidas alcohólicas de todo tipo y bajo cualquier circunstancia. Los más intrépidos, entre los que se encontraba Ángel, de vez en cuando disimulaban una botella entre las ropas, para compartirla una vez comprobado que "la vieja", como le decían, se hallara dormida.
Transcurrió otro día, y durante la cena, alguien preguntó por Ángel. Nadie supo responder. Frida, los miró con terror, imaginando que habría dejado la pensión sin pagar. Temió que otros pudieran seguir el ejemplo. La maestra intervino diciendo que llevaba dos días sin verlo.
– ¡No es cierto!- Irrumpió la anciana con autoridad. - Ayer lo desperté.
Uno de los hombres, preguntó si esa mañana también, y Frida, dudosa y sorprendida en sus años y memoria, no respondió, y prefirió dirigirse hacia la planilla. Efectivamente, su nombre y el número de la habitación, no se hallaban registrados.
- ¡Me debe cuatro días y cinco comidas! Exclamó la mujer, persiguiendo con la mirada a todo posible socio para el lamento.
Frida abandonó la sala y fue hacia la escalera, la acompañaron dos hombres y la maestra. Golpeó la puerta de Ángel, sin obtener respuestas. La maestra pidió calma, sugiriendo que podría llegar más tarde, otro inquilino afirmó que no lo había visto en el trabajo, y los demás asintieron con murmullos.
Entre la desesperación Frida intentó abrir, estaba con llave. Sin esperar un comentario, y ostentando la autoridad que la caracterizaba, buscó una copia.
Al ingresar, se paralizaron al ver a Ángel tendido sobre la cama, totalmente desnudo y ensangrentado por desgarros y agujeros en todo su cuerpo. La sangre estaba seca aunque fluían líquidos de uno de sus ojos arrancado, y del vientre, abierto hasta las partes íntimas que no se hallaban en el cuerpo.
El resto, era una gran mancha roja con orificios y sobras de carne rota a tirones.
Fin.













