DEL LIBRO: LA CASA DONDE TAMBIÉN MORÍ Y OTROS CUENTOS
LA CASA DONDE TAMBIÉN MORÍ
Las habitaciones eran grandes y de una altura que daba la sensación de inmensidad, la que mucho tenía que ver en esos tiempos, con mi escasa talla de cinco años; estaban viejas, agotadas, amedrentadas por otra historia.
Siempre que las imaginé, me aprehendió la reminiscencia de luces insolentes que atravesaban las chapas podridas, en los tramos en los que el cielorraso de cartón, se había caído o estaba retorcido por las filtraciones. Ahora, esos techos se han bajado y aunque los cuartos siguen siendo inmensos, ya no me parecen tanto.
Entre los recuerdos, fui cautivo de los olores impregnados por doquier, que me trasladaron hacia la casa en cada momento y desde cualquier lugar, durante tantos años, instándome a evocar, acaso, lo que ha desaparecido sin que diera cuenta. Los espirales, ardiendo toda la noche, el kerosén, desagradable y aún más, cuando se mezclaba con la humedad, el encierro y los vahos de las humanidades que convivían en esas habitaciones. El cigarrillo, adherido a toda materia existente y en especial a los colchones: infelices espectadores y victimados tácitos por las quemaduras padecidas cada tanto, en algunos casos incendios, cuando los fumadores quedaban a merced del enajenamiento. No fui testigo de tan espantosas experiencias, lo supe porque lo escuché, aunque en ningún caso, hubo que lamentar fatalidades más que la zozobra y esa emanación rancia y vomitiva, propagada en todos los espacios por el resto de los tiempos.
En la habitación que daba a la calle, moraba día y noche el tío Laucha; tanto mantuve ese mote que no recuerdo su nombre; tampoco pude conservar de él, más que las borracheras en las que se perdía, en cualquier esquinas del barrio.
De niños, teníamos prohibido el ingreso a ese cuarto, quizás, por el riesgo de encontrarnos con la inmundicia suficiente para invocar la dejadez, y licenciar como saldo, una vergüenza inadmisible que nuestros padres no sabían explicar.
No tenía luz, es ahora imposible saber la razón, ya que el resto de la casa sí se hallaba iluminada, y aquél aroma pretérito de las velas derretidas, también me trasladó, en los años siguientes, hacia ese cuarto contaminado para ser prisionero, en el recuerdo, de esos días despreocupados en los que conocí la agonía de la soledad.
Una tarde, haciendo honor a la impertinencia, para romper con la disciplina impuesta, ingresé a la habitación con el fin de convencerme de la desidia. Supe por mis primos que en un ropero, el tío guardaba golosinas que vendía a la salida de la cancha y me embargó la idea de encontrarme con todas ellas. Caminé sigiloso para evitar que las tablas resecas, alertaran a la abuela que dormía en el cuarto contiguo; abrí el mueble y ahí estaban: caramelos, pastillas, alfajores, sacos con garrapiñadas, chupetines, maíz tostado, semillas de girasol; tantos como no pude imaginar.
Pero no sé qué sensaciones me abordaron, probablemente miedo, acaso pena, no me animé a robar ningún paquete. Tal vez, supe y por casualidad, que le estaba infundiendo mayores daños al tío.
En el interior del ropero, encontré unas fotos donde se lo veía con sus compañeros, vistiendo el uniforme del servicio militar. Nunca lo memoricé así, y supongo que hubiera jurado que nació tal y como lo conocí; me fue imposible establecer otra imagen, ya que poco después murió y ahora, salvo por lo que adivino de esas fotografías, que todavía se encuentran en la casa, sólo recuerdo sus pasos inciertos, la mirada perdida y una sonrisa astuta para esconder la orfandad eterna, que me conmovieron en cada momento de esos días, sin saber por qué.
No hallé más que esas fotos para justificar mi permanencia en el lugar, la cama se encontraba deshecha y no sólo por el desorden; pensé que sería mejor dormir en el suelo. Era doble, tenía un hundimiento irremediable tanto en el colchón como en el elástico, zafado en la mayoría de los tensores; ese colchón era de lana, lo supe por los rulos blancos que asomaban en todos los lados, los descocidos, los rotos y los quemados.
Un Cristo de plástico que tenía entrecruzado un ramo de olivos, cuyos años duplicaban los míos y la foto en sepia con los rostros de los abuelos, rompían la simetría del abandono en las paredes descascaradas, sucias y desmembradas por la humedad irreversible.
La mesa de luz, parecía atestiguar también, la tortura de los cigarrillos apagados en su madera, a través de las marcas obscenas que impacientaban con agresividad sus formas naturales, igual que las diversas fantasías, incorporadas a toda su extensión, provenientes de lo que alguna vez fueron velas.
En el interior de la mesa había un par de zapatos, tres alpargatas, una damajuana a medio consumir, dos botellas de vino “Toro” y cientos de paquetes de velas, marca “Rancheras”, algunos vacíos, otros cerrados y un montón abiertos y consumidos en partes.
Los vidrios de las ventanas estaban rotos y reemplazados con cartones y diarios, y los postigos cerrados en la totalidad del día.
Del techo, caían hilos rígidos de la luz que lograba atravesar la chapa para detectar millones de partículas suspendidas en la densidad del ambiente, con olor a encierro y alcohol.
Vi a mis primos jugar en la higuera del jardín que separaba la casa de la calle, y lloré por mi tío sin discernir, jurando que jamás ingresaría a su habitación, y en efecto, nunca más lo hice.
El resto de la casa, no se destacaba por mayores pretensiones, algún olor menos o una refacción que en el mejor de los casos pudo concluirse. Los cuartos, se encontraban comunicados entre sí, a través de puertas internas y se unían en el exterior por una galería que comenzaba en el jardín y terminaba en la cocina vieja.
Tampoco puede comprender en ese tiempo, la existencia de una cocina vieja y menos, la de dos cocinas en una casa; aunque la vieja, no era más que un reducto lleno de basura, bicicletas irrecuperables y todo tipo de inanición, depositadas del modo que le daba la gana a quien lo hacía.
La cocina vieja, carecía de una gran parte del techo, pero contaba con roedores, arañas, cuchas en desuso; y alguna vez, sirvió como resguardo para la crianza de conejos.
La galería era el lugar donde jugábamos, preferentemente al fútbol, aunque en horarios determinados, ya que durante la siesta, por ejemplo, lo teníamos totalmente prohibido; también, se asociaba en esa perturbación solidaria con el resto de la casa, padeciendo la humedad en todos sus sectores, por el techo deteriorado.
Yo prefería la lluvia, y sobre todo las de verano, aunque dejaran para el resto del día, ese ambiente caldoso que quitaba toda vitalidad y energía para hacer cualquier cosa.
Se olía de un modo especial que mi abuela llamaba olor a tierra mojada. Con la lluvia, no podíamos jugar en la calle y debajo de la galería también nos mojábamos; en las habitaciones lo teníamos prohibido, aunque la dejadez y el rechazo que me ocasionaban, me quitaban las ganas de permanecer en ellas.
Puedo deducir en la distancia y cautivo de una presunción endeble, sostenida a través de los años que me separan de aquéllos días, que era feliz con la lluvia, me gustaba caminar por la calle, y lo hacía hasta que los retos de mi madre, a veces, rematados con una paliza, se llevaban el encanto.
Pegado a la cocina vieja, se hallaba la que denominábamos nueva; un lugar que congregaba a toda la familia en la mayoría de las horas. Desde muy temprano, se ponía la pava para el mate sobre un aparato para cocinar a leña y salvo raras excepciones, la infusión permanecía durante el resto de la jornada. Había una mesa que todavía continúa siendo de utilidad y en esos tiempos, ya tenía unos cuantos años. Sobre una de las paredes, estaba el aparador que guardaba todo tipo de menesteres: platos, ollas, vasos, tazas, alimentos, la comida para las gallinas, los útiles escolares; las velas para cuando se cortaba la luz; botellas de vino -algunas vacías- que servían para comprar leche suelta, aceite o untura blanca, un líquido lechoso con olor a alcanfor que se nos frotaba en el pecho y la espalda cuando estábamos engripados.
Del otro lado, había una pequeña ventana y una puerta que conducía hacia el fondo de la casa, donde se encontraban el baño, la quinta y el gallinero. Al pasar esa puerta, tras sortear dos escalones, estaban los barriles de chapa que contenían el kerosén para los calentadores.
La muerte que me rodea, es igual al perecimiento de estas cosas, que sólo viven en mis recuerdos para trasladarme caprichosamente, hacia los miedos de aquellos días, los que se esgrimen con lágrimas clandestinas, empeñados en contrarrestar las fugaces imágenes de los pastelillos que cocinaba la abuela o las compulsas que debía enfrentar con mis primos, para agenciarme una pata de gallina, cuando comíamos puchero. Acaso será irremediable que desvanezcan a través del tiempo, para comprobar que la pérdida, también contribuye con mi desaparición.
El baño, era otro sitio infesto al que le rehusaba, siempre que no padeciera causas de fuerza mayor. Una vez, estuve cuatro días sin hacer mis necesidades, lo que provocó un daño que debió resolverse en el hospital. El baño, no tenía luz, era frío y húmedo. La ducha, no era más que un caño que largaba un chorro grueso y helado, y para asearse, había llenar un recipiente con agua, lo mismo que para limpiar el inodoro.
Todas las mañanas, el tío Hugo, calentaba agua para afeitarse en un jarro de aluminio gastado y machucado por los años, al encontrar hoy, ese mismo cacharro, me atrapa el estúpido sentimiento de heroicidad, en el que imagino haber dominado las sentencias del tiempo, para atravesar la historia sin más esfuerzo que el de mirar lo que tengo alrededor.
El tío, se sentaba a la mesa para cumplir la rutina de apoyar un espejo circular de marco plástico, sobre una vieja radio que transmitía las noticias de la emisora nacional. Ese espejo, un pote de vidrio con la pasta marca “Gillette”, la brocha, el jarro y la navaja, también formaban parte del aparador multiuso, lo mismo que la crema “Glostora” que utilizaba para que el pelo mantuviera formas onduladas.
Me sentaba con él, para no perder cada detalle, hasta que distraía mi recogimiento, mirándome de reojo y emitiendo siempre un mismo comentario, que parecía una orden: -aprendé-. Aprendí, debo reconocerlo, aunque afeitarme, no es un hecho que trascienda mis expectativas de estos días, en todo caso, prefiero no hacerlo.
La pestilencia del baño, se propagaba por su cercanía con el gallinero, convirtiendo esa zona en un sector de emanaciones nocivas para cualquier humano. Aunque apestaba, sobre todo en verano, cuando el calor y la humedad formaban un componente denso que parecía impenetrable. El recorrido hacia el baño, era un sendero que atravesaba las plantas de ciruelas, duraznos y damascos a un lado y la huerta con lechugas, tomates y zapallos de calabaza, del otro. Desde el centro del sendero, salía otro camino hacia el gallinero, un alambrado sostenido con postes y techo de chapas, cartón, una puerta inservible y cualquier cosa que en ese tiempo se descartara.
También, en ese momento, tuve la sensación de que era otro lugar inmenso. Hoy, el gallinero ya no está y supongo que no era más que un pequeño espacio desdibujado en todas sus formas; tampoco están los frutales ni la huerta.
El fondo, así llamábamos a ese lugar que comprendía el baño, la huerta, los frutales y el gallinero, era otro sitio prohibido para los juegos y en especial, el de la pelota. La rotura de alguna planta motivaba castigos inclementes y discusiones inacabables, en las que la abuela defendía al castigado; la tía María explicaba las razones de infundir la condena; el tío Hugo la aplicaba; el tío Laucha pedía calma, ajeno a toda realidad; y mi madre, trataba de ¡Bestia! al tío Hugo, siempre que la sentencia no cayera sobre mi persona, en cuyo caso, ella era el verdugo que ajusticiaba sin piedad.
Sin embargo, fueron pocas las veces que me vi envuelto en tales disturbios ya que visitaba la casa cada tanto y salvo particulares acontecimientos, no permanecía en ella por más de dos o tres días; no obstante, todavía me ensordecen las recomendaciones de mi madre, que repetía hasta el hartazgo, durante el trayecto que nos distanciaba desde mi casa hasta la de la abuela, las que culminaban siempre con la amenazadora aserción que nunca se ahorraba: -“ya sabés como es tu tío…”-
A la hora de la siesta, solíamos escaparnos, para ir hacia el cruce del ferrocarril, que se encontraba a seis cuadras de la casa y depositar monedas sobre las vías, con el fin de competir por la que quedara más chata, una vez que el tren pasara sobre ellas.
Fue otro juego prohibido, desde que mi primo Fabián no pudo contener la emoción y mostró su moneda en cuanto llegamos a la casa. Fuimos penitenciados durante dos semanas y el divertimento, vedado por el resto de nuestros días. Mi madre nunca supo que yo formaba tan intrépido grupo, a pesar de tener entre mis manos, la mayoría de las veces, las monedas más achatadas.
Pero nada impidió que siguiéramos apostando, mientras proferíamos vívidos enunciados acerca de las numerosas técnicas para conquistar los mejores resultados. Cada excursión, la hacíamos con los niños vecinos y todos teníamos algo que decir, mientras esperábamos el tren; los más osados, vociferaban teorías respecto de posibles descarrilamientos.
Algunas veces, Santiago, el mayor de todos, hacía de cuidador, retándonos si nos extralimitábamos al acercarnos a las vías, aunque el cuidado se debilitaba con derivaciones inverosímiles, cuando pretendía conquistar a las chicas, cada vez que nos acompañaban. Entonces, yo tenía seis años, las chicas once y doce, igual que el resto, y Santiago trece. Cuando ellas no estaban, después de que pasara el tren, el gran desafío era orinar entre los yuyos para competir por quién tenía su masculinidad más grande. Santiago era el mayor en edad pero no el más afortunado; Mauricio, el hijo del almacenero, nos dejaba a todos boquiabiertos cuando extraía un instrumento titánico con el que pasábamos vergüenza.
Esas salidas, fueron como un consuelo para las angustias que dominaban la casa, ya que disponíamos de mil formas para divertirnos, hasta regresar; pero debimos abandonarlo abruptamente.
Una tarde, Santiago apostó nuestras monedas, asegurando que se podía subir al tren, cuando llegaba al parque y todavía mantenía la velocidad, para viajar hasta el cruce donde estaba la estación.
Todos confiamos en la hazaña y las mujeres lo alentaron, el entusiasmo y la insensatez, nos sometieron, bajo una condena que nos haría recordar el juego durante toda la vida.
Encontramos los escondites detrás de los Eucaliptos, alguien gritó que lo vio subir, estábamos a quinientos metros. De repente, el tren se detuvo, oímos el silbatazo como nunca antes. El chillido de las ruedas apabulló nuestros corazones, el guarda y otros hombres descendieron y detrás de ellos, lo hizo el maquinista.
Todos nos miramos inquietos y ceñidos en el terror, mis primas lloraron, las hermanas de Santiago gritaron desesperadas. Pablo, nuestro vecino de la casa contigua, saltó del árbol y comenzó a correr hacia el tren; todos lo seguimos, luego, oímos las sirenas de los bomberos.
Nunca más estuvo Santiago y jamás volvimos a las vías. Fui prisionero de la tristeza colectiva, aunque tuve el aliciente de la lejanía; desde ese accidente, dejamos de frecuentar la casa de la abuela y al poco tiempo, nos trasladamos con mi madre hacia Buenos Aires; desde ese día, conocí el sabor de lo absurdo.
De la abuela, conservo apenas la blancura de su cabellera, un andar imponente y la hegemonía sobre todo lo sucedido. Con el tiempo, cedió el mando que recayó en el tío Hugo, pero hasta sus últimos días, fue quien siempre tuvo la palabra definitiva. También, una vaguedad confundida que me ha dejado la estampa prevaleciente del día de su muerte, en una tarde lluviosa de aquéllos, mis insignificantes seis años y que se entremezcla con las noches de sonidos urdidos, en las que le hice compañía, mientras escuchaba el programa radial de los tangos.
Se acercaba una lámpara de querosén que colgaba de la pared, para iluminar el tejido y cuando todos se habían dormido, me levantaba para sentarme junto a ella y llenarla de preguntas que no podía responder.
El día de su muerte, los adultos se fueron y nos quedamos solos entre gotas de lluvia y lágrimas que no pudimos esclarecer. No supe por qué debía llorar, quizás, pueda ahora apropiarme de alguna idea, pero en aquél momento, apenas pude comprender que la desaparición de una persona, de nuestras vidas y por el resto de ellas, merecía el llanto.
En el velatorio comprobé que no se puede llorar sin ganas, pese a que mi madre me obligó a que lo hiciera, y porque todos mis primos estaban llorando, pero a mí, no me salía. Mi madre me abofeteó.
Un patrimonio exclusivo de esos años, para el que todavía no encontré razones, es el de las palabras que me mantuvieron entre sugestiones erróneas, incitándome a componer una entelequia que todavía me encuentra desorientado. La abuela solía referirse al día como uno “no católico”, cuando estaba por llover; el apego de mi madre a la religión, me hizo suponer que la lluvia tenía que ver con el mal.
Su religiosidad era tal, que un día, para congraciarme con ella, dije que vi a la Inmaculada Concepción, de la Catedral, cómo me abría sus brazos, mientras pedía que la ayudara.
Fue tal su emoción que no hubo persona, en la calle, que desconociera el milagro. Antes de abandonar el templo, buscó al párroco para que diera cuenta de la santidad que habitaba mí; el hombre me preguntó si era cierto y yo mantuve mi verdad.
Ella se fundió a la alegoría, presentándome como poseedor de un vínculo especial con las fuerzas divinas. La ausencia de mi padre, la condujo hacia especulaciones de las que jamás se apartó, y por el contrario, fue sujetándose con mayor ahínco, a una devoción falaz, para encontrar milagros disparatados que resolvieran la ociosidad de su vida.
No puedo negar que al principio también lo creí y hasta hice el intento de dedicarme al sacerdocio, pero como no hay verdades que se puedan sostener tanto tiempo, fracasé.
Recorrer la casa y sus rincones es como regresar a un pasado que se esfuerza por dominar el presente, como una muerte lenta e inevitable, que transforma lo imaginado en abstracto, impidiendo que me enraíce con el entorno, por dudas que no puedo disipar y me urgen hacia una transformación constreñida, trasluciendo la osadía de recuperar algo que no estoy seguro que haya existido.
Cuando aún puedo trasladarme a través de los olores, e incurrirme con ellos en cada circunstancia -no importa dónde- la lluvia en el rostro me conduce por estas calles de tierra, a la vez que escucho el sonido metálico que anuncia la llegada de algún vendedor que golpea la puerta y detecto el embrujamiento con el que se me impide olvidar, mientras se me expropia de cada instante.
En esos días, jamás conocí una tienda, y no fue hasta que viajé a Buenos Aires y comprendí que el mundo se extendía mucho más allá del barrio Villa Mitre, de Bahía Blanca, que supe de la existencia de lugares donde se podía comprar ropa, calzados y otros menesteres; entonces, tenía apenas ocho años.
De esos días, afirmo tras el recuerdo exiguo, que sólo había un almacén, en la que comprábamos manteca suelta, harina por kilo, pan en flauta o vino en botellas de litro. También, velas, espirales, jabón para lavar la ropa, marca “Federal”; el fluido que se utilizaba para espantar las moscas y muy de vez en cuando, algún trozo de queso y salamines; para que eso sucediera, se requería una razón especial.
Desde que amanecíamos, dependiendo del día y en distintos horarios, la casa se llenaba de visitantes que parecían ser parte de un dinamismo con vida propia. Los jueves, venía el pescador; que se anunciaba mediante un silbatazo, mientras empujaba un carro en el que llevaba pescado fresco, bajo las barras de hielo cubiertas con arpillera.
A diario, pasaba el lechero, nunca llegué a conocerlo, pero sabía que cada mañana, cuando todavía estábamos durmiendo, cambiaba las botellas vacías por las llenas, dejándolas en un canasto metálico en la puerta que daba a la calle.
Los martes, era el día del verdulero; un hombre viejo que conducía un camión aún más viejo, pintado de todos los colores posibles, que llevaba una bocina gigantesca en el techo para anunciar las ofertas y los productos de estación.
A la diez de la mañana, se escuchaba el sonido característico del “camión regador”, para obligarme a abandonar todo lo que estuviera haciendo, a fin de sentarme en la puerta de la casa y ver cómo apaciguaba el polvo de la calle, rociándolo con agua de punta a punta. No tendría ahora, razón para detenerme en el espectáculo cautivante de esos años, como sucedía en sus dos recorridas, la de la mañana y la de la tarde, a la hora de la siesta.
En el verano cuando estaba por anochecer, golpeaba el vendedor de hielo. En la casa había heladera, pero de vez en cuando, no sé por qué motivo, se le compraba una barra y media. Y la ropa, la vendía un señor al que le decían el turco, llamado Isaac; visitaba la casa una vez por mes, ofreciendo todo lo que pudiera necesitarse, desde frazadas hasta ropa interior, pantalones, polleras, camisas, sacos, alpargatas y zapatillas.
Las mañanas, eran el momento del día donde ganábamos la oportunidad de hacernos de una propina, ayudando con las compras. La casa era visitada también por el afilador, que soplaba una armónica de plástico con sonido repelente; el chatarrero, que se llevaba todo lo inservible, el vendedor de maíz para las gallinas y a veces, cada tanto, el peluquero, que vestía un guardapolvo blanco y portaba una valija pequeña, donde guardaba todos sus enseres.
Ausentarme de la casa me condujo hacia un mundo contrapuesto con los recuerdos que pelean en la intransigencia, por florecer como novedad, en una historia para la que no hallo precedentes más que en mi historia, en el enajenamiento por voluntad propia y en la evolución estigmatizada, acaso, con la dolencia.
Ahora, miro las imperturbables paredes, testigos silenciosos de la vida de esta casa, y sus rincones indemnes, que parecen invitarme incesantes, a recobrar aquellos días, a la vez que percibo cómo se disipan irremediablemente, e igualo esa desaparición progresiva, con mi muerte, o alguna parte de ella.
Los techos han bajado, los pisos ya no son de madera; brillan cerámicos que me nublan los ojos, anteponiéndose a esa parte que se ha ido.
El reflejo de mi madre, muriendo en este cuarto en el que alguna vez no quise ingresar, parece sólo una obligación, un preludio de lo que vendrá.
El mate se ha suprimido por prescripción médica, ya no se oye jugar a los niños, ya no hay fútbol, ni escondidas, ni el gallito ciego, ni sapos que recoger cuando llueve. Ahora el sonido ha sido reemplazado por el ruido insolente de la calle, la canchita de a la vuelta, es un supermercado y en el quiosco, no venden bolitas.
Ahora no está la higuera, me ataca un instinto por refrescar los higos bajo la canilla del jardín, pero el jardín no está más; ahora, no encuentro la cocina vieja, ni las bicicletas, ni aquél mundo que creí confusamente indisoluble.
Miro a mi madre en sus últimos momentos, entre los fantasmas de aquella casa que hoy es ésta, que permanecen con esfuerzo estéril en las paredes, en los escondites y en la pasividad de las horas que se extinguen, y me pregunto cómo harán mis hijos para comprender, si ya no quedan testimonios más que en los rincones volátiles que se prestan algún recreo, cada tanto, en la memoria; e imagino que también morirá una parte mía, porque todo lo que fue, hoy no existe.













