LA CASA DONDE TAMBIÉN MORÍ
NOS ESTAMOS DERRITIENDO
Nacho y Hernán, tocaban y tocaban; un universo excepcional logró abstraerse para que sólo ellos, fueran los integrantes de un mundo al que la mayoría admirábamos o aborrecíamos, dependiendo de cada acontecimiento, aunque los de ese día, estuvieron arrebatados desde el primer momento.
No sería difícil, imaginar ahora, que los años decretan todo tan calmo, tan efímero y distante, que se trataba de una bravuconada para conquistar la atención de los espectadores, que finalmente no eran tantos, quienes muy de vez en cuando desataban al unísono, comentarios que parecen aún más viejos, para reverenciar la incansable excentricidad de dar pases cortos; ir y venir; subir y bajar; y gozar al adversario con la pelota adherida a los pies, deteniendo el mareo que rebasaba hasta la congoja, sólo con los consabidos goles, o al grito de “¡Auto!”.
En ciertas ocasiones debimos adelantar el anuncio para frenar las exhibiciones socarronas que nos destinaban hacia el hartazgo, cuando el vehículo, que ya había reducido la velocidad, todavía se encontraba a más de doscientos metros del campo de juego El campo de juego no era otro más que la calle; por aquellos años, ya habíamos sufrido las evoluciones que afectaron no sólo la estética de nuestro estadio, sino las costumbres del barrio en su totalidad, el asfalto: cuadriláteros caprichosos, unidos por las imperfecciones de la brea, que servían únicamente para que los golpes se hicieran irascibles y la pelota rebotara con mayor imprudencia. Aunque no podíamos negar que teniendo la habilidad exigible, las paredes del cordón servían para armar juegos y triangular como si el tramo de cemento frío, ajeno, tosco, inservible y grosero, se convirtiera en otro jugador, para superar, al menos en una gambeta, al equipo contrario en la capacidad numérica. Desde luego, había que lograr el rebote, porque si el pase, excedía el escalón y se nos iba al lateral tus compañeros te insultaban y los contrincantes se reían.
La tarde fue vanidad y soberbia, reflejadas por los dos mocosos que demostraron impertinentes, su superioridad, ante los demás espectadores impávidos y prisioneros de una estacada desde la que sólo proferíamos injurias, maldiciendo en envidias secretas, no contar siquiera con un tercio de sus habilidades; para robársela y convertirnos, aunque más no sea por un insignificante instante, en los héroes de la cuadra.
Pero sin darnos cuenta, el sol calentó el suelo y la quietud fue consumiéndonos como si pisáramos brazas; el letargo aborrecible de la pasividad, permitió que algunos y en forma imperativa, fueran hasta la canilla que estaba en el zaguán de la casa de Ignacio, para mojarse la cabeza y tomar agua. Estuvimos desacostumbrados, foráneos, impropios; pareció que desde el “pan y queso”, se habían puesto de acuerdo en molestarnos, para alborozarse con sus hazañas y capitalizar así, las acotaciones del viejo sodero, que estaba sentado tomando mates como lo hacía todas las tardes, mientras nos veía jugar, o las de Don Ricardo, que cada tanto dejaba de cortar el pasto, atraído por las maravillas de las peripecias rapaces, las que motivaba a viva voz, como los había bautizado: ¡Morenito!; ¡Labrunita!
Del otro lado miraba inadvertida, Manuela, la abuela de Andrés, que sólo se ocupaba de las palabrotas, regañando siempre al pobre nieto, aunque en la mayoría de las veces, él no era el culpable. De vez en cuando, con la única intención de molestarlo, soltábamos algún
Más allá, estaba la casa de Hernán, donde se juntaban los grandes, los que tenían entre quince y diez y seis años. A veces, corríamos la cancha para teatralizar el juego y ganarnos algún halago; lo hacíamos siempre que el Valiant del abuelo de Ignacio no estuviera en la calle o cuando venían las chicas. Esa tarde, jugaban a la payana Susana y Eli en el zaguán, y Cecilia, estaba sentada en la cerca.
Siempre que elegíamos, iba uno para cada lado, pero Sebastián se adelantó para favorecerse con las estrellas y logró que estuvieran ambos, avariciosamente en su equipo, aunque sólo contó con la irritación y la impaciencia ya que no obtuvo un pase en todo el partido.
Pablo, no dejó de gritar, acosado por el aburrimiento, ordenando exasperado al resto que la pidieran, y a ellos, desconsolado, que la pasaran.
Gonzalo, atajó en nuestro arco y tampoco se cansó de injuriar; sobre todo, cada vez que debió buscarla después de los goles, para los que ya habíamos perdido la cuenta; estábamos algo así como catorce a cero, y Agustín, repitió la misma escena caprichosa de todas las tardes, se sentó en el cordón, cansado de reclamar, pero esa vez, más ofuscado y sumido en la rabia, porque nuestro equipo, era el que estaba perdiendo.
De repente, la incandescencia nos dominó y comenzamos a sudar presurosamente, como si estuviéramos en un horno, Agustín, todavía molesto, recordó la tintorería de Pablo y creo que fue lo más acertado que dijo, considerando las barbaridades que no paró de chillar hacia las estrellas que nos despojaron del juego.
Alguna vez, habíamos estado con el padre de Pablo, conociendo los secretos del planchado y me sobrevino la misma sofocación y el recuerdo de las gotas hirviendo que nos acribillaban la piel. Sin embargo, todas las comparaciones pasaron con vértigo, deliberadamente, tanto que las omití, al ver que la pelota se derritió, partiéndose al medio, una vez que Hernán dio un puntapié como para fusilar a Gonzalo; parte de ella, cayó para fundirse sin recelo con la estructura del cemento, la otra mitad, fue traspasada por el pié de Hernán que dio un gritó como si se le hubiera acercado un fósforo encendido sobre la piel. Fue un instante enardecido, que potenció la tórrida tarde con un fuego que nos declinó de todo lo que estábamos haciendo, para transformarnos en las víctimas de un colosal estremecimiento.
El sodero tomó un balde que contenía agua y se lo arrojó sobre la cabeza, pero no le fue suficiente, sin levantarse de la silla, estiró la mano hacia el interior de la casa y tomó un canasto con sifones que se vació sobre la camiseta agujereada y la pelada roja como un tomate, que parecía aún más fogosa.
Antes de que la pelota se desintegrara, alguien gritó “¡Auto!” y fue entonces que me percaté de que a cincuenta metros, se estaba derritiendo el DKW de don Mario, el almacenero de a la vuelta, que para el momento en que se hizo de un recipiente con agua, las ruedas ya integraban el asfalto, igual que el pedazo de pelota, a través de una descomposición aleatoria, que convirtió las formas naturales en un líquido gelatinoso, derritiéndolas como la manteca en el sartén.
Entonces advertí que todos se movían desesperados, apoyando un pie mientras levantaban el otro para evitar la incineración y yo estaba haciendo lo mismo; fue tan rápido que no alcancé a sentirlo, hasta que me miré las zapatillas que despedían un humo negro y espeso. Lo primero que se me ocurrió, fue tirarme sobre el césped de la vereda que daba a las vías, suponiendo que el lugar, estaría menos caliente, pero apenas lo hice, sentí el fuego de un modo escalofriante que me paralizó. Logré tirar de los cordones y con la ayuda de un pie sobre el otro, me deshice de las flechas azules que estaban transformadas en pantuflas desteñidas.
Las imágenes pasaron con sutileza, anulándome cualquiera de los otros sentidos; no pude escuchar los gritos, aunque supe que se infundían afanosamente, tampoco pude moverme, pese a estar retorciéndome por el calor enrarecido que me puso la carne de gallina.
La madre de Ignacio, se asomó por la ventana, y me desveló con sus gruñidos, permitiéndome aflorar de la pesadilla en la que estaba a punto de colapsar. Pude dar cuenta de un desvanecimiento estoico, brutal, desconsolador; la mujer, abrió la puerta y ésta se desdibujó, subyugada en esa mutación espesa, que derivó finalmente en un charco del color de la materia tergiversada.
Los demás, comenzaron a correr hacia todas las direcciones para escapar de lo que no tenía escapatoria. El sol se acercó y estaba sobre nuestras cabezas, su luz era más intensa y brillante, la que se multiplicaba en cada superficie para enceguecernos, siempre que no la derritiera como a un helado.
Al voltear, vi que la brea de las juntas, se dilataba como aceite; Gustavo corrió y sin querer pisó un charco que le desintegró la zapatilla y lo frenó como si lo enganchara un anzuelo; cayó de boca y se golpeó la nariz, aunque no le prestó importancia, se incorporó, y continuó apoyándose sólo con el pie que tenía calzado.
Los sifones de plástico que había vaciado el sodero, se derritieron y los de vidrio comenzaron a explotar, igual que los faroles de los vehículos que estaban estacionados y las ventanas de las casas.
Me crucé con algunas miradas, todas ellas absortas, que se movían como en otra dimensión, apabulladas por un zumbido estrepitoso y punzante que también padecí, y nos apartó de cualquier instante en el que pudiéramos excusarnos, para fugar de ese tormento mordaz y belicoso.
En nuestro arco, hacían de postes el buzo de Agustín y la remera de Julio que estaba jugando con el torso desnudo, de repente se incendiaron, simplemente desaparecieron. En el arco contrario había una piedra de un lado y un cajón de frutas del otro; la piedra se mantuvo, pero el cajón, se carbonizó; como sucedió con las ruedas de la bicicleta de María, que venía desde la otra esquina para traer no sé qué novedad, acaso, la misma que ya conocíamos; o los enanos del jardín de Don Ricardo que comenzaron a desvanecerse, a pesar de los intentos que hizo el pobre viejo, mientras los mojó insistente hasta que la manguera se le derritió entre las manos.
La línea del centro de la calle fue formando curvas y cada vez que me quité las gotas de transpiración de los ojos, que para el momento no eran gotas sino chorros, pareció que se convertía en un camino sinuoso en el que las casas aparecían o desaparecían luego de cada curva.
Cuando nos miramos en la estridencia, fuimos prisioneros de lo que haría el otro, como si esperáramos que alguien tuviera alguna mejor idea, para aprovecharnos de ella.
Las casas se desfiguraron, los techos cayeron como el chocolate espeso que rebalsa de una taza; el gato de Darío corrió dando gritos y saltando hasta un metro, cada vez que pisó las paredes que ardían recalcitrantes.
Quisimos caminar, pero fue imposible. El aire estaba denso como si no soportáramos nuestro propio peso.
Nacho gritó porque se quemó los dedos cuando quiso recoger el pedazo de pelota que se había fundido en el cemento, su madre lo reprendió, tomándose del marco de la ventana porque el piso del balcón estaba oscilando.
Hernán exclamó: ¡Es un terremoto!, Pablo asintió y se le sumó Darío, diciendo que luego de la sofocación, se abriría la calle y la tierra nos deglutiría. -Es cierto- exclamó Andrés… es cierto, lo vi en la tele.
Miré al sodero y se rió, y Don Ricardo movió la cabeza de lado a lado como si licenciara aquella ligereza, simplemente, porque provenía de un niño.
Sería la primera vez que estaría frente a un terremoto; lo más cercano que había experimentado, fue cuando se derrumbó parte de la calle que construyeron en la cuadra de mi casa. Ese día, conocí los gritos desgarradores y vi por primera la muerte.
Por momentos me sentí parte del estrépito pero a la vez, me silencié por la ausencia de alguna explicación, tanto que sin conocimiento, exclamé con los demás, cuando oímos la sirena de los bomberos, aunque supuse que nos rodeaba algo devastador e incalculable que no se resolvería con agua.
Oí más gritos e insultos que se propinaron sin decoro, miré hacia la casa de Andrés y su abuela estaba del lado de adentro intentando sostener la ventana que se derretía; fue entonces que escuché entre la confusión, una provocación parecida a: “El que no juega es un maricón…”, seguida de burlas y sonrisas arteras.
Desperté del sueño como nunca antes; como si de repente, en el mismo instante en el que la pelota pasaba la línea imaginaria del arco, todo cambiara y comenzara a ser distinto y normal.
Sentí la efervescencia de la pelada del sodero, en todo mi cuerpo, me miré los pies y tenía las flechas intactas pero me quemaban; parecía que los dedos se me habían agrandado y querían salirse. Tenía la piel entusiasta y ardiente, y a la vez, sentí un escalofrío.
La pelota estaba entera, de hecho pasó frente a mí y luego a un costado y al otro; también por detrás, fui conciente de ello pero no atiné siquiera, a seguirla con la mirada. Hubo movimientos acompañados de más gritos e improperios, junto al insistente “¡dale y dale!”, como si se tratara de mi última oportunidad para tomarme la vida.
Es que esa tarde, los dos mocosos, insolentes y mezquinos, se apoderaron del único balón que teníamos para jugar, pero también, esa misma tarde, quedé prisionero del beso que me dio Cecilia, cuando me entregó aquella primera carta de amor que me precipitó hacia el mundo que imaginé en apenas en un instante.
-¡Dejá a las mujeres!- gritó Gonzalo. -¡Jugá…!- exclamó otro -¡Dale boludo…!- acentuó Agustín…
Cómo dejarla; si pudo transformar lo que me rodeaba y hasta me hizo dudar del suelo en el que estaba pisando.
Los gritos fueron insistentes, pero no los consideré, hasta que guiñó uno de esos ojos resplandecientes que intimidaban, y entonces, sentí que se me autorizaba a regresar al campo de juego.
Rocé el ángulo del cordón y casi cayéndome, ingresé a la cancha; la pelota llegó por casualidad a mis pies, luego de un rebote en un pase malogrado que dio Hernán. La frené, vi a Nacho que se me venía como una topadora y lo esquivé, fue una hazaña; Gustavo estaba del otro lado abriendo los brazos insistente, para que se la diera, lo hice, avanzó tres pasos y se detuvo, Hernán ya estaba sobre él y Darío lo molestaba desde atrás, pero soltó un pase excelso, para lograr que la pelota esquivara seis piernas sin que ninguna pudiera hacer nada. Todo se dispuso para que llegara ante mi zurda, haciendo coincidir el mejor ángulo y la posición ideal.
No erré, fue gol; el gol de esa tarde maravillosa en la que pude traspasar mi propio mundo, el que gritó ella como si fuera la hincha fanática del equipo. El único que hicimos para no quedar zapateros y ganar así el honor.
Gustavo fue el primero en abrazarme, luego vino Agustín que se me subió en los hombros, sentí manotazos y golpes, el sodero aplaudió y Don Ricardo, asintió moviendo la cabeza, fui el héroe de la cuadra; pero entre la euforia, sólo me interesó esa sonrisa feliz y cómplice, que intentaba disimular al hablar con sus amigas.












