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CUENTO

MONÓLOGO DEL ESTÚPIDO QUE PERDIÓ LA HISTORIA


En la inquietud por hallar una historia y el hartazgo proveniente del desdén insufrible de la mezquindad cotidiana, todavía más vacía, postergada, potenciada en la ausencia; solapada en argumentaciones sórdidas y ultrajada en la levedad de las evidencias, me vi sentado a orillas de un lago, rodeado de arrogantes montañas acariciadas por lengüetadas de nieve, inquiriendo una historia. Confirmé entonces que no es sencillo encontrarse con una y a la vez, lo afortunados que son quienes las tienen, acaso, no los que transitan apenas y a veces accidentalmente, por ficciones rutinarias que redundan la opacidad de los sueños; sino los que se sirven de la exclusividad inigualable que puede trascender con miramiento, la inmolación rutinaria demandada para vivir.Una mujer, tomaba sol envuelta en un traje de baño perturbadoramente sexy; no estaba sola, la acompañaba una niña que sería la hija; una adolescente algo obesa, a decir verdad bastante, que contrastaba el traje de baño de su madre con uno horripilante y de varios colores, tal vez, de belleza individual, aunque horrendos al estar mezclados en ese enterizo que se encumbraba en la panza ensanchando las rayas con afán al atravesar el abdomen. Era pelirroja y bastante fea, por cierto.
No tengo nada contra las niñas pelirrojas y obesas que utilizan trajes de baño de colores mezclados de modo espeluznante; me cautivó la luminosidad de los tonos y pensé que podría hurgar tras ellos, en alguna historia; me ilusioné incluso con la madre, suponiendo que podía tener una.

La niña tendió su cuerpo sobre las piedras y utilizó una pelota naranja de plastibol, como almohada. Entonces, recordé esas pelotas y caí en la cuenta del tiempo que llevaba sin ver una. La plastibol, ocupaba un espacio entre las de goma y las de cuero; tuve una de ellas y también de goma. De inmediato, me incomodó la vigorosa sensación de ser el arquero de manos escaldadas, cual víctima de algún pelotón de fusilamiento, luego de detener el disparo indiscriminado con una pelota de goma. Tenían diversos tamaños identificados por un número, se llamaban “Pulpo”, eran rojas, con tonalidad terracota, rayadas por líneas verdes y azules, y en la unión de las dos semicircunferencias, llevaban un rombo en el que se podía leer la marca. Pero no fue la historia de la pelota la que me interesó, aunque tuve mis pesares por ellas.
Siempre quise una de cuero, pero mis padres nunca pudieron comprarla; lo sugerí con insistencia, cada vez que se acercó algún acontecimiento festivo, mi cumpleaños, la Navidad, la fiesta de los Reyes, el día del niño, pero jamás tuve éxito en la demanda.
En una oportunidad, una gran casa de ropa ofreció con cada compra, una pelota de cuero: ¡Dios estuvo de mi parte! y mis padres adquirieron la visión comercial que se necesitó para aplacar el reclamo. Nada me importó a la hora de elegir la prenda; todos mis pensamientos e ilusión, estuvieron puestos en esa pelota de cuero que me entregarían al final.
Así descubrí lo simple que es engañar a los niños; ahora que atravieso la madurez, tengo el remordimiento por los insultos y las injurias que proferí hacia el pobre fabricante de esas pelotas, probablemente, junto a tantos niños que como yo, nos vimos defraudados al recibir el balón.
No era de cuero, en rigor sí, de cuero, cuerina, gamuza... sus gajos no tenían el corte tradicional y su tamaño superaba ampliamente al normal. Parecía un globo; cuando la inflé por primera vez se ovaló y fui el hazmerreír entre los pibes del barrio. No tengo presente cuánto me duró, acaso un par de horas; no sé si la rompí o la boté hacia algún techo de las fábricas lindantes con el vecindario. Sí, recuerdo que me deshice rápidamente de ella.
Pero seguir pensando en pelotas, apremiado por la exigencia de una historia, me excomulgó por la desnudez atosigante que impidió cualquier ilusión, sugiriendo que no era el indicado. Preferí mirar hacia las montañas que aún conservaban la nieve primaveral, imaginando que entre la nieve y los árboles, encontraría una historia; una mía y tal vez única.

El sol, se reflejó por doquier en la ondulación del agua; el cielo vistió un celeste íntegro y las nubes desaparecieron, apenas unas pocas interrumpieron la homogeneidad en el horizonte, contorneadas por rigurosos cortes que entorpecieron el equilibrio. Podría pensarse que para buscar historias, los días soleados son los propicios, sin embargo, para mí no.
Hacia el otro lado, un joven corrió con una gaseosa bajo el brazo, detrás, se acercó una mujer, acompañada de un niño que la tomaba de la mano y junto a ambos, una anciana. Cuando pasaron cerca de la que tomaba sol, la miraron y sentí cómo incrustaron sus ojos, no supe en qué; en el traje de baño, en los glúteos, los pechos. También adiviné un comentario sórdido, parecido a: -¿viste el traje de baño de esa...?
A metros, en el estacionamiento, dos jóvenes se enredaron dentro de un automóvil con ejercicios amorosos de requerimientos apocalípticos, como si el mundo estuviera por perecer. Más adelante, estaba por comenzar un gran desafío futbolístico y deduje que los jugadores acababan de ejercer el rabioso derecho de fugarse de la escuela.

Pero el lago continuó calmo, igual que las montañas y la nieve; ninguna roca gigantesca se desprendió de los cerros para producir una catástrofe; ningún dragón alto como un edificio de membranas viscosas y cola en punta de flecha, que despedía un líquido verdoso para desintegrar toda existencia al paso, me ayudaron a tener una historia. Y fue el tercer día que me senté en el mismo lugar, mirando hacia cada dirección, para que nada de lo que me rodeaba me invitara a tener una.
Había dejado un paquete de cigarrillos, sepultado entre las piedras y una ramita clavada para indicar el sitio en el que me debía ubicar. Hallé el palito y el paquete; deseé encontrarme con la caja humedecida y convertida en nido de alimañas, o que al retirar las piedras, subiera un alacrán por mi brazo para quitármelo con valentía y entereza, procurándome con ello, una historia, pero no sucedió.

Un hombre se acercó al lago con una niña pequeña, ella tendría cuatro o cinco años; supuse, por la edad del hombre, que no sería el padre; era delgado, demasiado. Se parecía a mi viejo, antes de morir, solía usar las prendas sueltas y grandes. Fue a causa de la enfermedad que lo hizo bajar de peso abruptamente, y entonces, no sólo estaba flaco sino que lo parecía más. El pelo, y la forma de la nariz de ese hombre, también me recordaron a mi padre.
Una señora, le preguntó si tenía hora, el hombre dijo que no; yo tampoco y lo lamenté, pues de tenerla, podría saber en qué momento encontraría una historia. Pero no tenía reloj y de ello, sí era capaz de componer una historia, porque los tuve y en cantidad.
El primero que recordé fue uno todo negro, un Citizen, definitivamente negro. Se llamaba Black; Citizen Black porque black, es negro en inglés.
Negros el cuadrante, la correa y el marco; apenas tenía unas delgadas líneas doradas en las agujas y los números; mi padre dijo que era oro.
Los números eran romanos y tenía los doce; hago la aclaración porque algunos relojes sólo tienen sus números en los cuartos. Pero fue breve el tiempo que me duró ese reloj, el mismo día que me lo obsequiaron en apenas unas horas, lo perdí. Fue durante mi reunión del sábado por la tarde con los boy scouts; prisionero del llanto, intenté sin cansancio algún milagro que me permitiera encontrarlo, pero fue inútil.
Cuando pude comprar uno, lo hice en la tienda de cosas antiguas, era usado. Siempre pensé que el reloj hace a la personalidad de quien lo utiliza; no es que se adquiera personalidad con el reloj, pero sí se puede deducir cómo es la persona por el que usa. Para mí debía ser especial. No uno costoso ni tampoco de marca reconocida, aunque fue difícil hallar esas características entre los relojes económicos.
Un Girard Perregaux, magnífico; era de esos, de los que se podía deducir cualquier historia; la de mi abuelo que se lo habría heredado a mi padre, o la de un tío que lo recibió como condecoración por los servicios prestados quién sabe dónde. Sin embargo, no las creí y tampoco las conté; bastó con tener el reloj que quería y acompañaba aquello que suponía como mi personalidad. Tenía el cuadrante blanco, el marco dorado y también como el primero que perdí, los números romanos.
Entre ese y el negro, tuve otros, dos o tres, no recordé con exactitud, y luego otros más. El último, lo extravié en una historia; a decir verdad aún no lo es, pero podría, si uno las partes que poseo: un amigo, su mujer, un perro, un monasterio abandonado a seiscientos metros de altura sobre un lago y mi reloj. Pensé que en algún momento los convertiría en una historia, aunque me atacó el desacierto al recordar la ausencia de ese reloj. Era grande, tenía la correa de goma y su marca era reconocida. Las agujas y los números llevaban unos puntos fosforescentes para ver la hora en la oscuridad; nunca pude hacerlo, supongo que se debió a mi limitada visión; siempre detecté pequeños puntos luminosos que no supe qué querían decir. Decidí subir hasta ese monasterio acompañado por mi amigo, su mujer y el perro; fue un error, pero a pesar del frío y los ruidos fantasmales del sitio, que ocultaba las muertes misteriosas de varios monjes, logramos resistir, excepto el reloj. Durante los días siguientes, me embaucó la esperanza de recuperarlo, si regresaba al lugar, pero con el tiempo, sólo pude burlarme de la descabellada ilusión.
Más de quince relojes contabilicé en mi haber, y afirmé sin prejuicio que fue en mi haber habido ya que en ese momento, no tenía ninguno.


De repente, complaciendo la congoja, conquistó el paisaje una nave que aterrizó misteriosamente, provocando un escenario para el que no hallé explicación. Le dije nave, porque eso pareció; siempre se señala a las cosas por lo que se conoce y no encontré un nombre que se ajustara a lo que estaba viendo. Era grande y la rodeaban unas luces extrañas que se encendieron consecutivamente.
Me atacó el sueño, mezclándose con el miedo y algo de terror, cuando intuí que estaba haciéndome de la historia, pese a considerarme inepto para ser parte de una, cuya naturaleza se originaba en el aterrizaje repentino y descomunal; fue una entelequia garabateada en mi mente que dejó el desparpajo de la reticencia que siempre me contuvo, para abrirme hacia un destino intrigante y de augurios inciertos.
La nave se detuvo a trescientos metros de donde estaba, provocando una prodigiosa nube de polvo y haciendo que los rostros de quienes me rodeaban, se convirtieran en terror y confusión. El encuentro futbolístico se interrumpió y la abrumadora turbulencia, hizo que los jóvenes huyeran despavoridos.
La mujer que tomaba sol, llamó a su hija y le ordenó juntar las cosas. La niña recogió un bolso en el que introdujo la pelota, un pote de crema protectora y una toalla; se calzó y se puso una remera sobre el traje de baño coloreado.
Una puerta de la nave se abrió y durante unos segundos, permaneció de ese modo, mientras esperábamos algún movimiento profuso. El hombre parecido a mi padre, salió junto a la niña del agua y no tardó en calzarse para escapar como si lo estuvieran persiguiendo.
Detrás del aterrizaje, estaba la avenida que bordeaba la costa del lago, pero no hubo rastros de vehículos, lo que me hizo suponer que otra nave había aterrizado en la calle.

Interrumpí las elucubraciones con un fuerte rugido que me sobresaltó, igual que a las personas que estaban cerca. Pensé en otra nave y miré hacia el cielo, para comprobar luego, que estábamos a salvo, cuando vi pasar un automóvil destartalado, que infundió ruidos sin consideración.
Otra puerta se abrió y un ser escalofriante salió de ella. Sus formas parecían humanas pero sus colores y brillos, negaron rotundamente la apreciación. Detrás de él, apareció otro y otro más, en total fueron cinco.
El primero y el último portaban armas, eran oscuros, verdes o azules, no los identifiqué, sí, pude describir el reflejo del sol en todas sus partes; los de adelante eran bajos y los otros altos, no mucho, tanto como yo.
La mujer con el niño pequeño y la anciana, pasaron frente a mí, pero lo hicieron corriendo; al llegar al lugar donde estaban sus cosas, las recogieron y las guardaron en una bolsa, luego, abandonaron la playa rápidamente en dirección de la avenida. Sus rostros estaban abordados por el misterio y la desolación.
En el estacionamiento, el joven que demostraba ese amor incandescente, salió del vehículo y se apoyó sobre él para observar los sucesos, la muchacha permaneció en el interior, pero también miró hacia las naves, mientras encendió un cigarrillo. Yo hice lo mismo, era el último que tenía.
Al levantar la mirada, advertí que los seres avanzaban hacia nosotros con pasos firmes. Otro ruido estremecedor capturó la atención de los presentes, pero logramos aplacarnos al comprobar que se trataba de una motocicleta que súbitamente huyó, casi sin dejarse ver.

Comencé a reflexionar, imaginando que podría tener una historia de lo que estaba viendo y sería sin dudas, una poco común. Se trataba de un aterrizaje sorpresivo que nos dejó hundidos en el estupor, al ver esos seres extraños que descendieron de la nave, aún más extraña. Me dominaron las sensaciones que siempre me apremian al enfrentar una historia y comprendí que todos queremos tener una, pero pocos nos animamos a vivir con ella.
Pensé igualmente que la obtendría y me saturó el miedo, tras hechos que se presentaron en forma precipitada. No sabía qué harían los seres; la playa quedó desierta, apenas había unas personas, cuatro o cinco, incluyéndome.

De repente, un viento recio comenzó a soplar aunque no tan feroz como constante, también sonó persistente el golpe del agua al chocar con las rocas. Supuse que la nave habría ocasionado esos cambios. Detrás de ella, vi destellos que parecieron relámpagos, fueron explosiones. No quise decírmelo y desterré toda posibilidad de imaginar una… invasión ¿extraterrestre?. Pero no pude evitar las sospechas.
Me pregunté si serían de Marte; supe de investigaciones acerca de la existencia de vida en ese planeta. Pensé también que podrían ser de otra galaxia. Me incorporé y fui hacia... no sé hacia dónde; quise huir. Busque un árbol para ocultarme y así, observar el desencadenamiento; lo encontré, pero me vi frustrado, presumiendo que me hallarían de cualquier modo.

El cielo mutó hacia un amarillo mezclado con rojos intensos, fruto de la lluvia de algún producto que la nave esparció. Supuse también que se estaría diseminando algún virus, entonces rompí la manga de mi camisa para fabricar un barbijo. Temí por lo que pudiera suceder y maldecí frenéticamente, al descubrir que mi grabadora no tenía cinta.
-¡Que idiota!- me dije, ir en busca de historias, sin cinta para grabar. Debí recurrir a una lapicera que llevaba en el bolsillo, para describir con monosílabos lo que mi mano indecisa permitió.

De pronto, otras dos naves descendieron al unísono y quedaron cerca de la primera; inmediatamente salieron de ellas, otros seres iguales a los anteriores, se concentraron como si estuvieran hablando y caminaron en distintas direcciones. El viento se precipitó encolerizado y las luces de las naves brillaron con mayor intensidad.
Un ser me vio y algo le dijo a otro, ambos llevaban esas grandes armas. Un haz de luz esplendoroso se disparó y dio en el medio de un árbol que se hallaba en la orilla. Los fogonazos se incrementaron y los disparos fueron cuantiosos a través del vigoroso cañón. Me incorporé, dispuesto a enfrentarlos y a luchar por mi vida, resignándome al infortunio que logró abstraerme de la búsqueda que me ocupaba, para hacerme chocar con algo para lo que no estaba preparado, pero decidí desafiarlo.
Al oír sus pasos cercanos, abandoné del escondite.

Uno de ellos preguntó si me encontraba bien, creí relajarme; el otro se quitó la escafandra y observé que parecía humano; de hecho lo era, y también su compañero. Todos lo eran.
Me informaron que pertenecían al cuartel central de bomberos y se encontraban realizando un simulacro.
El escalofrío me inmovilizó y quedé sin palabras mientras los vi dirigirse hacia las otras personas que todavía se encontraban en la playa.
Caminé hacia las piedras y me senté sobre ellas frente al lago, me desvanecí. No supe si alegrarme por no morir en manos de los extraterrestres u odiarme otra vez por no tener una historia. Miré la soledad del inmenso paisaje que me recluyó entre los pensamientos, y rogué a la eternidad por una; pero no hablé, lo hice desde la profundidad de mi propio ser que había sido invadido y engañado nuevamente. De ese modo, quise llegar más lejos, más allá de las montañas, del lago. Nadie respondió.
Me sobrevino la angustia, dejándome en un letargo que produjo las ficciones de un caballero tras la cruzada de encontrar al amor perdido; de ese enorme dragón emergiendo con gritos aterradores y manotazos que desbastaban toda la ciudad; de las naves desconocida que aterrizaban con la intención de invadir el planeta. Pero no pude quedarme con ninguna, ni siquiera con la fantochada de imaginar una pasión desenfrenada a primera vista.

Caminé sin dirección, el frío abrazó la costa y el sol se ocultó lentamente tras los cerros, aunque parecía que no quería hacerlo. Imaginé sus rayos dando batalla sin descanso, para no perecer entre los contornos rocosos, a la vez que supuse, su cuerpo vencido, cayendo hacia el otro lado. Creí entonces que allí, podría tener una historia, la del otro lado; el oscuro del que muchos se valieron, el que permite encontrarse sin las ataduras que imponen las ausencias de fantasías; un lado que visitaría, siempre que tuviera asegurado el viaje de regreso para relatar, en todo caso, alguna la historia.

Me dirigí hacia la avenida cegado por la desilusión y advertí que no tenía la lapicera. Regresé hasta las piedras en las que me había sentado, busqué los montículos que pudieron dibujar mis piernas, caminé por los árboles que utilicé de escondite, pero no la hallé.
Entonces, miré hacia el horizonte y entre la frustración, recordé cada uno de los hechos mencionados y comencé a reírme con carcajadas insidiosas, pensando en lo estúpido que me veía buscando una lapicera, si en definitiva, no tenía la historia.

 

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