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ENSAYO POR LA PAZ, SIN RESOLVER

No sé cómo adjetivan esto, me pregunto si no se trata de un abuso desmedido, pretender que se exprima la intelectualidad huérfana y despojada de toda heroicidad, al exigir nada más y nada menos que se curse alguna expresión sobre la paz. Habrá entre la historia, razón tan comprometida para manifestarse, sin caer en lo pacato, en lo melancólico o en las declaraciones ociosas de sentimientos excedidos por frases hechas, no lo creo.
La paz es como un pavo tras la vidriera; resplandeciente, deseable, apetitoso, fecundo. Copioso, ya que si nos resulta apetecible, deseamos luego las papas, las batatas, las ensaladas, el relleno, el vino que beberemos, y exagerando en la proliferación, podríamos incluir un majestuoso postre. Como se observa, un pavo exhibido en la vidriera, invita a la fecundidad.
Se encuentra cierta similitud entre la paz y ese pavo tan apetitoso y fértil que, por el único motivo que lo deseamos, es para triturarlo con los dientes; por lo tanto, es posible afirmar que pronunciarse sobre la paz, no es sencillo. Sin embargo, no es pretensión aferrarse a un discurso tenue, justificando que no se puede o que hacerlo, implicaría cruzar por una delgada línea, tanto como peligrosa; probablemente como las estratégicas de avanzadas, tal vez, como las de los campos minados.

Aunque lo destrocemos con las sofisticadas armas que hemos inventado -cuchillo y tenedor- no deja de ser atractivo, por supuesto, antes de la destrucción; luego, nos resulta indeseable, algo confuso, una mezcla indefinida de carne, papas, salsas y huesos, que deja la sensación de incertidumbre en platos y fuentes.

Pero qué novedad se descubre cuando un pavo, puede asimilarse con los brillantes discursos de los cándidos y reposados escenarios donde se dialoga sobre la paz. Oprime una lógica en la que al parecer, la paz debe relacionarse con la excelencia, la limpieza, el orden; son muy limpios sus rellenos, como los de un pavo. Difícilmente comeríamos un pavo cuyo relleno fuera de dudar; así se ven esos sitios, perfectos por fuera y por dentro, igualables a todo lo que se dice, nada envidiable a la exquisitez de un pavo en su fuente.
Si los pavos hablaran, detendrían nuestro paso para decir: -¡Eh usted!; ¿no me ve atractivo, limpio y deseable como para que ocupe su mesa?- Quizás eso u otras cosas; tal vez todo lo contrario, como: -no me destroce, o déjeme con mis hijos, o ayúdeme a sobrevivir-
Pero los pavos no hablan, entonces los discursos sobre la paz, podrían parecerse a lo que ellos dicen, o sea, nada. Aunque al estar exhibidos en esa apetitosa parafernalia gastronómica, bien se asemejan a las expresiones.
Observad de hecho, que no se dice escritos; parecería que es muy difícil escribir sobre la paz; sí hablar, por hacerlo hemos superado el exceso, pero se descubre que no es lo mismo hablar que escribir. ¿Será porque al enfrentarnos al lápiz podemos desnudarnos, dando cuenta del desparpajo?; ¿será que al escribir, quedaremos esclavos por los tiempos venideros? No se puede asegurar, pero si de paz se trata, más de un pavo quedaría destrozado y qué decimos: destrozado, destruido, desintegrado, huérfano, exhibido entre esos jugos del limón y la grasa, luego de la horneada.

También se dice que el destrozo no puede ser de cualquier modo, algunos aconsejan el centro, otros los costados; aunque por los lados tiene sus riesgos, ya que pierde la forma. Siempre es interesante saber cómo se destroza un pavo; hay para ello sabias argumentaciones que prefieren hacerlo por la izquierda y otras intimidantes que anteponen la derecha.
Pero no podríamos incomodarnos ensayando teorías, cuando atrapa la presumida interpretación, de comparar un pavo con la paz.
Podría decirse que suenan parecido, eso sí; tal vez, quienes hablan otros idiomas se confundieron y pudo ser entonces, el motivo que ocasionó tantas diferencias: nosotros hablando de paz y ellos pensando en destrozar un pavo. -¡Qué pavos!-

Se dice que se puede vivir en estado de paz, muchos lo afirman, tanto que las bibliotecas rebasan con sus pensamientos; otros murieron, parece increíble, muertos por la paz. Parecería que no hay paz sin muertes, sin destrucción, lo mismo que sin dinero. Algo similar a comerse un pavo; porque no hablamos de un pollo o un pato; se trata de un pavo, el plato más costoso, al menos en su categoría.
¿Quiénes tienen acceso a un pavo?... ¡Todos!; ¿acaso no es un ser de la naturaleza que nos alimenta?; ¿no es un integrante de la cadena que se fusiona amablemente, dando su vida para que prevalezcamos?...

De ninguna manera, no todos podemos comernos un pavo; hay quienes jamás lo harán. De hecho, para comer uno, es preciso contar con varios billetes, por ejemplo, para el relleno, las papas, el limón, las batatas, los aderezos, un buen vino. Sería un despropósito comer un pavo bebiendo uno de baja calidad, es redundante la afirmación, pero todos sabemos que los buenos vinos son costosos; me olvidaba del pavo, claro, y por supuesto un horno apropiado.
Por eso, podríamos asegurar, en este juego de similitudes, que la paz es un lujo, gastamos mucho por ella y más hablando.
¿Qué pasaría si esos gastos fueran destinados efectivamente para la paz?; es decir, que la pobre disfrute de semejantes beneficios; el ejemplo abunda, pero sería como afirmar que gastamos demasiado por el pavo y finalmente sólo disfrutamos nosotros, y el pobre ni se entera.
Y dadas estas paradojas, nos vemos en la extravagancia, profiriendo acerca de semejante trascendencia, comparándola con un pavo. Tal vez, si los sugestivos discursos en los encumbrados espacios que se montan en su nombre, fueran apenas comprensibles, resultaría más fácil encontrar palabras convenidas en una redacción ecuánime.

Con siete años y entre la ignorancia y la osadía, puse en un brete a mi padre, preguntándole sobre la paz. Digo osadía porque el pobre, igual que varios en este momento, no tenía una explicación que se acercara a cierta verdad.

- Cuando era niño, en el patio de mi abuela había un hormiguero de hormigas negras y grandes- dijo.
…A diario me sentaba viéndolas trabajar por horas, observando que el hormiguero era cada vez más extenso. Mi abuelo decía que la misma cantidad de hormigas que se veía en la superficie, era la del interior. Yo, solía fantasear con contarlas, creyendo que las podía pintar para tenerlas identificadas, pero me fue imposible.
Un día, encontré otro hoyo, no era tan grande como el primero, pero la tierra también estaba removida y parecía un hormiguero. Pensé en una salida, pero no, se trataba efectivamente de un nuevo hormiguero, y con hormigas coloradas.
Decidí quedarme para observar el movimiento de las dos razas; vi que los caminos se cruzaban y se golpeaban unas con otras al trasportar los alimentos. Las negras pasaban por encima de las rojas aunque éstas no perdían oportunidad de robarles la carga.
Fue una gran confusión y los caminos comenzaron a desviarse de las entradas, en círculos desordenados; algunas tomaban distintas direcciones, parecían perdidas; agudicé la vista y observé cómo se peleaba un pequeño grupo.
Era la misma cantidad de ambos bandos, por supuesto ganaron las más grandes, aunque en un costado, quince rojas tomaron por sorpresa a unas cinco negras y las destruyeron.

…Es difícil mirar hormigas en un jardín con pasto crecido, aunque descubrí que por todos lados había grupos de unas y otras muertas.
Lo que a diario era de admirar por los esfuerzos y el trabajo expresados con el más imperceptible detalle, se había convertido en un campo de batallas.

Se formó un consejo entre las negras, para determinar los pasos a seguir; sus fuerzas eran superiores individualmente, pero las rojas las duplicaban en cantidad. Una, opinó que el derecho lo tenían ellas pues estaban en el lugar antes que las rojas. Otra, anticipó que si el conflicto prosperaba, debían pedir ayuda a un organismo externo. La más vieja, propuso formar una comisión de defensa para atender el inconveniente.
Entre las rojas sucedió algo similar, instituyeron una comisión; para ellas el lugar era de todos y se aseguraron que no estaban sobre el otro hormiguero sino a un costado, opinando que las dos razas podían convivir con tranquilidad.
Mientras sesionaron, se sucedieron pequeños enfrentamientos, algunos cerca de los hormigueros y otros en lugares alejados.

Todo culminó con una gran reunión en la que ambos consejos se encontraron debajo de un pino enano que tenía mi abuela, y al acto se lo denominó: “El Tratado del Pino”. Duró mucho tiempo, porque no se ponían de acuerdo; eran varias y querían hablar a la vez. Una de las rojas dijo que si no se llegaba a una solución necesitarían acordar a través de un arbitraje que fuera neutral, las negras opinaron parecido. Así sucedió.

Tardaron en ponerse de acuerdo sobre el tercero en cuestión, hasta que finalmente decidieron convocar a una comisión de “bichos bolitas”. Llegaron miles de ellos y rodearon los dos hormigueros; algunos asistieron al encuentro entre los consejos, escucharon con atención las exposiciones y sugirieron constituir un comité de paz, el que deliberaría, para proponer las normas de una feliz convivencia, y a la vez, impondría los castigos si alguna hormiga faltara a lo convenido. Todos estuvieron de acuerdo.
Los “bolitas”, manifestaron que garantizarían la paz y ante el incumplimiento de cualquiera de las partes, entrarían en acción. Previo a finalizar, el jefe “bolita” solicitó colaboración para sus soldados, dado que al estar exigidos a velar por el tratado, desatenderían sus compromisos, de modo que requerían satisfacer sus necesidades básicas. Las rojas dijeron que por ellas no había problema, cederían un porcentaje de las recolecciones; las negras no fueron menos y acompañaron el ofrecimiento. En el jardín se organizó la paz.

Pero al día siguiente, no había dos caminos, sino tres; el de las negras, el de las rojas y el de los “bolitas”, que trasladaban lo que ambos grupos ofrecían. Unas negras comenzaron a quejarse porque se rompían el lomo trabajando para que los “bolitas” se llevaran un porcentaje sin hacer nada, otras respondieron que era el trato para vivir en paz.
Con el tiempo, los alimentos comenzaron a escasear, ya no poseían todo lo que juntaban y eso provocó molestares en ambos bandos y se produjeron disturbios en cada uno de los hormigueros.
Debieron reunirse los consejos, para considerar cada situación; manifestaron que no se podía convivir con los enfrentamientos, a la vez que minimizaron los hechos, asegurando que se trataba de grupúsculos de inadaptados.
El jefe de los “bolitas”, ofreció una solución, asegurando que su deber, era el de garantizar la paz y para ello, solicitó la colaboración de cada consejo. Éstos, absortos, se preguntaron en qué y de qué forma podían ayudar. El jefe dijo que pondrían orden en los caminos y en el interior de cada hormiguero, desarticulando los intentos de sublevación y cualquier atentado contra la paz. Los consejos aceptaron, pero naturalmente, el esfuerzo extra de los garantes, no fue gratis; pidieron aumentar la contribución, para costear los gastos que demandaba cumplir con la nueva responsabilidad.

Las negras estudiaron cómo obtener los recursos, las horas de trabajo se habían ampliado con el fin de cumplir el primer acuerdo; tenían por conducta la honradez, y temieron que por no pagar, fueran culpadas de atentar contra la paz.
Las rojas padecieron lo mismo, aunque contaban con mayores reservas para el invierno. Pero ambos grupos, al analizar los impedimentos que tenían, para pagar los impuestos, convocaron a los “bolitas” a fin de que les propusieran alguna solución.
Se reunieron nuevamente y acordaron un original mecanismo para conservar la paz. Fue sencillo, los “bolitas” pidieron autorización para actuar frente a cualquier infortunio contrario a lo acordado; a cambio, un ínfimo monto de los bienes destinados para los hospitales, fábricas, escuelas, hormigas viejas, hembras, pequeñas y diversos sectores de las organizaciones en los hormigueros, se cedería, con el objeto de preservar la tranquilidad.
Fue un buen trato; ambos consejos opinaron que esos bienes se podían manejar discretamente y al ser tantos los rubros, los porcentajes no incidirían en las economías, considerando que el fin lo exigía. Lograron vivir en paz.


Nunca comprendí a mi padre y menos con ese cuento, desde ya no terminó así. El tiempo de tranquilidad se debilitó y demandó la convocatoria de otros consejos, cuyas exigencias se centraron en la solución de los consecutivos conflictos. Los “bolitas” continuaron cobrando por sus gestiones y las hormigas sólo trabajaron para pagar la paz.
Los garantes, descubrieron la forma de mantener los disturbios para justificar su permanencia y cobrar así las exigidas tasas; se mezclaron las razas, fue imposible identificar responsables y los consejos debieron sesionar permanentemente.

Así como nunca entendí el cuento, jamás lo hice con la paz. Será por eso que me suena a pavo. Me atrevería a describir lo inverosímil que es expresarse en tal sentido.
Cuando mi padre preguntó si comprendí, dije que no, agregando una conclusión respaldada en la ingenuidad que me caracterizaba, para la que aseguré que la paz era como las hormigas.

-¡No seas pavo!- Acusó él.

Probablemente, por ello, traje a la mesa tan apetitoso animal.

-¡No seas pavo!... el cuento es un ejemplo, lo importante es lo que trabajaron las hormigas por tener paz- aseguró con pretendida pedagogía.

Pregunté entonces, esclavo de la inconsciencia, cuánto valía la paz, respondió que tanto como la vida. Eso me doblegó en una aflicción exagerada que me mantuvo en llantos durante varios días.

Pasados los años, ya en la adolescencia, descubrí dos hormigueros, también, de dos razas distintas y para no caer en la congoja e impacientarme por las dificultades que provocaría la paz, decidí facilitar la lucha de las hormigas, impidiendo que sufrieran por un destino irreversible. Rocié los huecos de la tierra con solvente y los incineré.

Llevo varios años preguntándome cuánto es lo que vale la paz y si ese valor es directamente proporcional al costo de nuestras vidas.
Creo que nunca podré saberlo, tal vez, como aseguró mi padre, no es tan importante el costo económico que podríamos invertir, como la voluntad que ofrezcamos para morir por ella, aunque confieso que morir por la paz, suena como la mayor insensatez que jamás conocí. Por ahora, mientras ensayo algún significado, me internaré en la cocina para preparar un exquisito pollo, que saborearé pavamente como si se tratara de un pavo; luego, dependiendo de lo que quede, veré si arribo a una conclusión para descubrir algo que se acerque a lo que en esencia podría significar la paz.

 

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