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EL PENE DE LA GIOCONDA


En el cumpleaños de Julia, un festejo más de los tantos que se habían sumados a la finalización del año, un 28 de diciembre en el que me fue imposible prescindir de acompañarla, debido al empeño que siempre dispone para cada ocasión, logré mixturarme en un mitin, establecido, podría decirse y en forma exclusiva, gracias al inefable recogimiento con el que ofició de anfitrión José Luís, su marido. Aunque por momentos, sentí la necesidad de una excusa para justificar el empacho en vincularme, enajenado por un resfrío que me recluyó, a expensas de las prácticas que hice, en horas previas, para dominar conversaciones y comparecer sin riesgo al ridículo frente a un auditorio dispar y excesivo.
Incuso, llegué a considerar que debía retirarme y en especial, cuando al poco tiempo de comenzados los festejos, advertí la presencia de dos psicólogas. No se trataría de un hecho con importancia, salvo por las experiencias insípidas que tuve con la terapia, aunque siempre confié en la necesidad de comparar conductas y hurgar entre los rincones del inconciente, a fin de alternar la realidad con la sospecha de estar reconociéndonos.

Sin embargo, no es la valoración que pueda tener sobre la psicología lo que importa, sino la excentricidad con la que poco a poco, emergí a través de un escenario cautivo, por razones que deposité en los canapés de José Luís, pensando que contaban con una porción mágica y conducente hacia horizontes ignotos.

Por fortuna, cada tanto, conté con la presencia de un periodista que, acaso por contingencia, acudió a mí para sostener sus teorías, mientras que repliqué la deferencia, cada vez que expuse las mías. Pese a ello, fue un rumbo sin precedentes, tras el florecimiento de conversaciones arrebatadas (y no es descabellado el juicio), ante las que me impuse, considerar también, que la inoculación provendría del vino, pero comprobé que las botellas se abrían ahí mismo, frente a nosotros, y no pudo ser de otro modo ya que José Luís exhibió un fabulosos equipo para descorchar.

De repente, tal vez como la sorpresa de un relámpago, siendo presa del zumbido persistente en mis oídos y la congestión ardida de mis ojos, retuve en el azar un nombre; nada más ni nada menos que el del asesino alemán, acusado de matar civiles italianos en la Fosas Ardentinas, durante la segunda guerra mundial.
Fue una irrupción aligerada dentro de la consternación, aún, cuando ya se había conjeturado, por ejemplo, sobre cómo colocar rosas en un frasco con agua; sobre la Gioconda; sobre la veracidad del primer alunizaje y los posibles riesgos de otra guerra en el Medio Oriente, para justificar los desaciertos económicos que atenuaron los coeficientes capitalistas, produciendo una estampida en el sistema.
En todo caso, puedo destacar que me animé, profiriendo que los yanquis, nunca llegaron a la Luna, basando la teoría en las célebres manifestaciones del científico Stephen Hawking
.
Supuse que ese descuido, me valdría un reto aplastante, tanto del ingeniero como del químico, que estaban en la reunión; pero afortunadamente, disipé el exabrupto merced a la adhesión del periodista, que no sé si se sumó para ser concurrente o tras la búsqueda de alguna causa disidente con el poderío americano.

Luego de la indiscreción, acometieron postulados sobre las leyes universales, y me apunté otro poroto, ganándome el mote que identifica a los físicos oponentes, que buscan explicaciones sustentadas en la ética, frente a la universalidad fundada, acaso, en la mezquindad de la humanidad (o algo parecido), así lo explicó el químico, para que me hiciera de un espacio, a pesar del resfrío que me fagocitaba sin tregua.

Entre tanto y tanto, José Luis, como anfitrión perfecto, cubrió todos los huecos para que nadie se desalentara, y así como sirvió las copas y repuso las fuentes, se paseó desde el living hacia el cuarto, para encontrar en las enciclopedias, explicaciones científicas (cuanto menos), y cercanas a la realidad, con el fin de aseverar o echar por tierra, las tantas especulaciones lanzadas con frecuencias alarmantes, en la que apenas se podía opinar, pues no se alcanzaba a terminar con una que comenzaba la otra.

Julia se movió como un niño inquieto por el entusiasmo de los obsequios; antes de comenzar, se puso la blusa que le regaló una de las psicólogas, esposa del periodista; cambió las rosas, sacó fotografías, y mostró, aunque sin éxito (y no por el desinterés sino por el fluir trivial de temas inacabados), explicar el resultado obtenido con el grupo de gordos, al que asiste con una de las psicólogas y la médica cardióloga, que también formó parte de la magistral tertulia: un cúmulo abarrotado, que sumó, además de los mencionados, a un experto en humanidades (como se identificó José Luis), una docente, una nutricionista o sea Julia y un congestionado, es decir, yo.
La ponencia que se propuso Julia, tuvo un envoltorio de desolación, cuando presentó un cuadro que nos dejó boquiabiertos, en el que se aseguraba que cuarenta y tres gordos, habían bajado en un año, cuatrocientos noventa y nueve mil kilos. No salí del asombro y aún más, por las todavía tenues y disueltas en el cuchicheo tedioso, felicitaciones que infundieron algunos de los presentes.
Por suerte y para mi integridad, fui asistido otra vez por el periodista, quien primero dudó y luego, manifestó la urgencia en reemplazar el punto que dividía a las seis cifras, por una coman, para hallar veracidad en el descomunal número.
Pero no contentos con la desdicha de Julia, abundamos en alucinaciones, tras el bulímico enunciado que hizo el ingeniero (sin purga y rozando el límite de lo permitido hasta ese momento), sobre los resultados en una encuesta mundial, que reflejaba el país en el que los hombres tenían el pene más grande.
Si los casi quinientos mil kilos, reducidos por los pacientes de Julia fueron sorpresivos, nada se comparó con tamaña consideración, la que nos tuvo expectantes hasta conocer el resultado. Para mi gusto y creo que también para el del periodista, ese país no era Estados Unidos y para la decepción de algunas mujeres, tampoco fue uno africano, pese a la insistencia en asegurar que las potestades de semejante medición, eran inherentes y con exclusividad, a los hombres negros.

Llevábamos para entonces, una mezcla de disparates, que se adueñaron del festejo, tales como el distanciamiento producido en las parejas, cuando éstas tienen hijos, o la propia Gioconda, que se hizo presente una y otra vez, por razones enmarañadas. En un primer momento, el motivo fue su tamaño, luego de que el periodista asegurara que no superaba los veinte centímetros de alto, según lo había comprobado en el Museo Metropolitano de Nueva York; ello provocó la insistente búsqueda de José Luis, tanto en las enciclopedias como en el Internet, aún, cuando algunos aseguramos la exigua fidelidad de la información en el ciberespacio.
Luego, derivamos en la homosexualidad de la célebre estampa, profiriendo que se trataba del autorretrato de Leonardo o yendo más lejos, para afirmar la desviación del artista; aunque fue mínimo el improperio, cuando se avanzó hasta la supuesta mujer que se representa en la Última Cena en el lugar del apóstol Juan y las tantas teorías sobre la divinidad femenina, que motivaron en los últimos tiempos, las creencias sostenidas en los Caballeros del Temple y las más variadas incógnitas que la Iglesia no pudo resolver.
Una psicóloga explicó que el distanciamiento de las parejas, era semejante a lo sucedido con los perros y puso como ejemplo al suyo; afirmando que al tener cría, la hembra rechazó al macho cada vez que éste, quiso acercarse a los cachorros.
No pude creer lo que escuchaba y busqué consuelo en otra copa; tampoco pude fumar y ello, no sería sinónimo de escapatoria, aunque sí, me hubiera desembarazado de la tensión galopante.

Casi a las doce, José Luis sorprendió a los presentes con pizzas que lo excusaron de los comentarios sórdidos, pese a que contaba con nuestra simpatía por la atención impetuosa; sin embargo, supo hastiarnos con una fórmula engorrosa para convertir el peso argentino en moneda chilena, con el objeto de hacer compras efectivas en el país vecino.
Según dijo, a diez mil pesos, había que sumarle el diez por ciento, o sea mil, el total, debía dividirse en dos, es decir: cinco mil quinientos, para quitarles luego, dos ceros. Un resultado fácil (cincuenta y cinco pesos), y un problema que nos tomó por asalto, ignorando todos, si se trataba de pesos argentinos, chilenos o dólares. La impronta y el autoritarismo estoico de José Luis, no sirvieron más que para insistir en la fórmula, aunque nunca supimos de qué moneda se trataba.

Julia abrió otro regalo intrépido, que nos dejó en suspenso; una linterna para colocarse sobre la cabeza. Se puso la bincha y accionó la perilla para mostrar una luz enceguecedora, luego, probó las distintas alternativas, la luz roja, para la que también hubo consideraciones capciosas, la baliza; hasta que finalmente optó por el foco central, que rompió el ambiente con un haz penetrante en todo tipo de objeto.
De repente, tomó una de las botellas y se acomodó la mantilla de seda que le colgaba de los hombros; José Luis nos miró y dijo con movimientos de manos que debíamos acompañarla. Los acontecimientos fueron inverosímiles, pero ninguno de los presentes, se animó a cuestionar la orden.
El ingeniero, se incorporó colocándose un saco de hilo e instó a su mujer para que recogiera las cosas; el químico, pareció dudar, ya que cortó un trozo de torta y se sirvió champagne, aunque su esposa se había puesto de pié y estaba con la cartera en la mano.
El periodista me miró para preguntarme algo, en todo momento habíamos sido cómplices silenciosos, aún cuando lo acusé de exagerar (como lo hace siempre la prensa), luego de emitir su primera opinión sobre el colosal número de kilos que habían bajado los pacientes de Julia, pero me excusé, porque no pude decir nada. Cómo desatendería aquella indicación, Julia, es para mí como una madre postiza. Me predispuse igual que el resto; ella con la botella en mano, José Luis con un plato de canapés, el químico con la porción de torta y los demás, cada uno ensimismado, pero decididos, finalmente. Extraje del paquete un cigarrillo que encendería al abandonar el departamento y salí como lo hicieron todos.

La luz del pasillo no funcionaba y fuimos guiados por el haz virtuoso de la linterna que Julia llevaba sobre la cabeza; el ascensor tampoco estaba en uso, José Luis explicó que se trataba de la crisis: entre las doce de la noche y las seis de la mañana, las luces de los espacios comunes, que incluían los pasillos, el hall de entrada, las escaleras y el ascensor, se inutilizaban con el fin de ahorrar energía

Descendí la escalera angosta y barrenada, considerando el meritorio esfuerzo de Julia por guiarnos a través de esos catorce pisos interminables. Tuve la presunción de que caeríamos en cualquier momento y al mirar hacia atrás, me espantó la inmensa oscuridad, que nos perseguía como un fantasma; fue una profundidad impenetrable que me recordó el alunizaje del que tanto habíamos discutido y me pregunté otra vez si la ley de gravedad, sería una constante universal o una pretensión soberbia, similar a una nueva guerra, que nos cautivaría, televisión mediante, hasta que las economías trastabilladas retomaran su curso. Igualmente, no creí necesario decirlo en voz alta, no hubiera servido para cumplir con el plan propuesto.

Por fin, llegamos a la calle y tal como lo había anticipado José Luis, ésta, se hallaba totalmente a oscuras. Sentimos una especie de alivio al vernos protegidos por la linterna milagrosa, mientras caminamos convencidos de hallar el recinto macabro, donde se escondía el asesino nazi Erich Priebke.
Bastaron unos pasos, para dar con el sitio, un lugar oscuro, cubierto por mayor oscuridad; las paredes eran inmensamente anchas y sólidas, había cemento como para construir un edificio. Cuando ingresamos, los ruidos de la calle desaparecieron y alguien dijo que ahí no lo encontraríamos, fue una mujer, no la identifiqué; inmediatamente, el periodista (a él sí pude reconocerlo, porque lo escuchaba a diario en la radio), dijo que estaba cumpliendo la condena en Italia, José Luis agregó que bien merecido lo tenía; entonces, el ingeniero, preguntó si sabíamos cómo se llamaba ese lugar.
Julia dijo que se trataba de la cueva donde se había escondido, la médica opinó que era una tristeza que avergonzaba a la ciudad. El periodista, añadió que esa vergüenza, pertenecía exclusivamente a un pueblo pacato, dando por hecho que todos sabían de quién se trataba, a la vez que se silenciaron.
No pude opinar, porque recién estaba radicándome en el pueblo cuando la policía lo detuvo, sin embargo, encontré cierta similitud entre ese acontecimiento y otros, coincidentes con la calificación que hizo el hombre de la prensa.

De repente, el ingeniero, le pidió a Julia que iluminara hacia donde él estaba, para negar luego, cada uno de los comentarios en forma rotunda y sin dar oportunidad a las objeciones.
-No es una cueva- continuó, se llama Bunker… se pronuncia Banker- dijo, respaldado en un excelente conocimiento del idioma inglés.
-¡Yes!- contestó una de las psicólogas.

La cardióloga estaba alejada, pero eso no le impidió decir sin titubeos, que no le importaba cómo se llamaba ni cómo se pronunciaba, sino que le sobraba saber que era una reseña atroz de lo que no debería suceder.
El físico, preguntó con el estilo que mantuvo toda la noche, casi en silencio y en tono monótono, qué hacíamos ahí, si el asesino estaba en Italia.
Julia lo interrumpió, aclarando que no buscábamos al asesino. Fue como un paliativo, no pude corroborar las expresiones en la oscuridad, pero estoy seguro que todos mantuvimos la misma liviandad.
-Entonces, ¿qué buscamos?- preguntó el ingeniero.
Julia tomó nuevamente el mando y dijo con seguridad:
-¡Buscamos a la Gioconda!

Sentí iluminarme, y por un instante, omití la congestión, el malestar en los oídos, el efecto del alcohol, la ausencia de luz y las chapucerías que divagamos en toda la noche. Creo que los demás, disfrutaron del mismo atenuante, y la esperanza de encontrarnos, justo ese mismo día, con la maravillosa expresión que cautivó los tiempos, desde la genial existencia de Leonardo Da Vinci.
José Luis, le pidió a Julia que iluminara sus bolsillos, llevaba una campera larga hasta las rodillas, de esas con capucha, como las de los aviadores; extrajo una regla y la limpió de ambos lados, porque se había ensuciado con los canapés que guardó. Luego dijo que con eso podíamos lograrlo (refiriéndose a la regla).

-¡Claro!- contestó Julia, es cuestión de hallarla y después, saldremos de la duda.

Hasta el momento, a pesar de lo insistente que fue el periodista, sosteniendo que la Gioconda no tenía más de veinte centímetros y la discusión que produjo tal afirmación, desafiada por diversas opiniones y aún con los intentos de José Luis por esclarecer las dudas, no habíamos resuelto nada; conté con adhesiones cuando afirmé que estaba entre los sesenta centímetros de alto y los cuarenta de ancho: el físico, el ingeniero y José Luis, me apoyaron, pero no pude con el resto. A ello, debimos sumar más confusión, cuando el periodista relató que en el Museo de Nueva York, estaba exhibido junto con la Gioconda, el Guernica de Picasso.

Comprendí que nos hallábamos frente a una oportunidad histórica, imaginé una experiencia similar a la vivida cuando visité El Museo del Prado; estaría ahí mismo, en vivo y en directo, sin intermediarios de ningún tipo, comprobando la medida de tan magnífica obra.
De repente, Julia gritó entusiasmada que la había encontrado, las miradas, seguramente, fueron dispares, porque sólo ella podía saber en qué lugar estaba; pero en breve, todos confirmaron el hallazgo.
Al tiempo hice lo mismo y fue como cumplir con la fantasía, sintiéndome orgulloso de ser uno de los invitados, para beneficiarme con semejante agasajo.
Julia se acercó, José Luis dijo que no dirigiera la luz directamente hacia la tela porque la dañaría; el periodista agregó que no se hiciera problema, ya que estaba cubierta por una cápsula vidriada, justamente, para no ser afectada por la luz. En efecto, detectamos el reflejo del vidrio que la cubría como un manto.
Célebre, solemne, silenciosa como lo fue en todo momento y revestida de misticismo, echó por el suelo, cualquiera de las incógnitas que nos dominaron hasta ese momento.
Una de las psicólogas, dijo, tal vez, agotada: -Aquí estamos, midámosla y quitémonos la duda-
El periodista se adelantó y reconoció que era más grande de lo que pensaba, aunque no perdió protagonismo asegurando que no mucho más. El físico, me conmovió, llamándome por mi nombre, para afirmar que tuve razón y José Luis, no quiso ser menos, al agregar que él también había acertado en la medida.
Entonces, dije que no debíamos continuar con las elucubraciones y le pedí a Julia que utilizara la regla. Ella, se inclinó en la oscuridad que cubrió el espacio hasta donde las miradas alcanzaban, incluso, el que se había sumado por el reflejo vidriado.
-¿Qué estás haciendo?- preguntó José Luis.
-Busco el pene- respondió Julia.
-¿El pene?- preguntó una de las psicólogas.
-Sí, el pene- acusó el ingeniero.
-Es obvio- interrumpió el químico, como si quisiera brindarnos a todos, la calma necesaria para apaciguar los ímpetus del hallazgo.
-¿Obvio?- Insistió la psicóloga.
-Sí… es obvio; hemos llegado a este lugar para comprobar la homosexualidad de la Gioconda y dadas las circunstancias, no podríamos irnos sin llevarnos la confirmación-
-¿Pero, qué tiene que ver la homosexualidad con el tamaño del pene?- preguntó casi absorta, la otra psicóloga.
-Bueno, es que se ha hecho esa encuesta y ya que estamos, si además de encontrárselo, podemos medirlo, sería mejor- respondió el ingeniero.

Julia se movió inquieta alrededor del cuadro, José Luis, intentó en todo momento, solidarizarse con la búsqueda ante las miradas impávidas que aparecían de vez en cuando, con los movimientos aleatorios de la luz.
Una de las psicólogas dijo, escabulléndose de la situación, que Leonardo era el homosexual y no la Gioconda; yo, solté tenue pero con seguridad, que eso era una estupidez.
La otra psicóloga, dijo que no tanto, pues de confirmarlo, podríamos tener respuestas que la humanidad no encontró durante siglos.

Oí ruidos a cristales rotos; fue un estruendo, creí estar en un estallido de guerra. Las piernas comenzaron a temblarme y sentí frío, mezclado con la transpiración. La respiración se me redujo, pero no fue por la gripe sino por el temor que me estranguló el estómago.
Se encendió una luz roja y al mismo momento, se oyó una sirena. José Luis gritó enardecido: -¡La rompiste!

Hubo un silencio casi sepulcral, hasta que el químico, irrumpió con la particular imperturbabilidad, asegurando que se trataba de un desagradable suceso.
-¡Se cayó la Gioconda!- gritó una psicóloga, mientras alguien aclaró que debíamos huir del lugar.
El periodista, dijo que llegaría la policía. Julia se incorporó; la confusión hizo que nos golpeáramos por no saber hacia dónde ir.
Una vez que Julia logró reponerse, tomó la delantera para guiarnos hasta la salida, antes, el ingeniero dijo que no podíamos retirarnos sin tomar la medida del pene.
-No seas absurdo- lo retó su mujer, y todos lo miramos frenéticamente; sentí la intimidación como un aire denso. Julia tomó la delantera y los demás la seguimos, pero al llegar a los escalones que conducía hacia la calle, descubrimos las siluetas de dos uniformados
-¡Policía!- dijeron a coro.
Nos detuvimos de inmediato; el periodista frenó de golpe y lo embestí.
-¿Qué están haciendo?- preguntó uno de ellos.
-Sólo queríamos comprobar si la Gioconda tenía pene y cuánto mide- dijo el ingeniero, sin reparo.
Creí que acabábamos de comprarnos una entrada para el calabozo. Pero el policía, se limitó a acusarnos, por haber roto la obra.
-No rompimos el cuadro, se rompió el vidrio protector…- nos defendió José Luis.

Creí estar en un sueño, la angustia me recordó el resfrío. Sentí la pesadumbre del alcohol y una brisa dominante que me dejó la carne de gallina. Miré el reloj y comprobé que llevaba tres horas durmiendo en la parada del colectivo e inmerso en el asombro y con el policía que me pedía los documentos, ensayé alguna explicación para tan disparatados sucesos, hasta que encumbré la excusa, en ese veintiocho de diciembre que habíamos celebrado, acaso, en la plenitud de la inocencia.

 

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